Viajes y masacresJung Mo SungEn la embajada o consulado de Estados Unidos en cualquier país del mundo siempre hay una fila de personas a la espera de una visa de entrada. Esa fila revela dos lados de nuestro mundo: el deseo de entrar en los «paraísos de consumo» y la restricción impuesta por los países ricos a los «indeseables». En un mundo mundializado, donde las mercancías y el capital circulan libremente, sin problemas de fronteras, sería extraña la existencia de tantas restricciones al derecho de ir y venir de todos los ciudadanos. Pero lo extraño es que las personas no extrañen esas restricciones. Tal vez porque ya las aceptaran como hecho normal. Los países ricos miran la cantidad de dinero que las personas tienen como el principal criterio para separar a los deseables de los indeseables. Los consumidores son bienvenidos; los no consumidores, los que buscan trabajo para sobrevivir, ¡no! Ese, sin embargo, no es el único criterio. Existen también restricciones vinculadas a la raza. Sólo que, si la persona es rica, esa restricción acaba pasando a segundo plano. ¿Por qué los consumidores del Tercer Mundo desean tanto ir a «los Estados» o a cualquier paraíso de consumo? No me refiero a simples viajes de turismo o de estudio. Hablo de lo que parece ser una obsesión de las personas: es como si se sintiesen más personas por el hecho de ir a Estados Unidos. ¿Será que se sienten menos personas siendo lo que son, ciudadanas del Tercer Mundo? Será que esos viajes, verdaderas romerías, las purifican de la vergüenza de ser lo que son? Mundo extraño este nuestro mundo. Gran parte de la población mundial sueña entrar o permanecer dentro de los muros que separan a los consumidores de los no consumidores. Muros que son también reproducidos en el interior de cada país, incluso en países ricos como Estados Unidos. Es el «apartheid social» a escala mundial. En cuanto movidas por ese deseo -por este espíritu- las personas serán incapaces de sentir alguna solidaridad con los que son dejados fuera, los excluidos. Además, los excluidos son vistos por muchos como verdaderos enemigos a ser vencidos en la lucha para entrar o par mantenerse dentro de los muros del consumo. Por eso, las masacres que ocurren en las periferias pobres del mundo (las periferias de nuestras grandes ciudades, o países como Bosnia o Ruanda) no pasan de noticias que, como mucho, conmueven durante unos instantes, pero no llevan a ninguna acción efectiva. Matanzas en las periferias de las grandes ciudades brasileñas, matanzas en Bosnia, en Africa y en tantos otros lugares. Filas en los consulados de Estados Unidos y aviones llenos en dirección a los paraísos de consumo. Son aspectos de un mismo y único mundo. Un mundo donde la mayoría de las personas tienen más relaciones e intimidad con objetos que con la gente. Urge recuperar un espíritu que ponga en el centro la solidaridad y el deseo de estar con otras personas, aceptándolas como son. Así, podremos también aceptarnos como somos. Sem Fronteiras 236 (janeiro 96) 32, São Paulo
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