Una Iglesia que quiere servirComunidades cristianas populares de Pamplona, Euskal HerriaUna reflexión sobre la Iglesia Un grupo de cristianas y cristianos de Navarra, reunidos en comunidades de base, hemos realizado durante este curso una reflexión personal y comunitaria sobre nuestra Iglesia: la mayor y más universal, casa común de quienes nos reclamamos de Jesús, y la particular y local, cuna de nuestra fe y que lleva también la impronta de nuestros rasgos colectivos. Con libertad y responsabilidad, como corresponde a personas adultas que viven insertas en esta sociedad y este tiempo, queremos dar a conocer nuestros puntos de vista a todos, especialmente a quienes comparten nuestra fe y a las personas que se afanan en construir una sociedad justa y pacificada, solidaria y superadora de toda exclusión. Tiempo de crisis No todo es oscuridad en el presente. Aunque modestos y dispersos, detectamos la existencia de muchos y nítidos focos de luz, que iluminan la andadura humana en estas horas inciertas. Pero somos conscientes de vivir en un tiempo de crisis mundial. El neoliberalismo, convertido en único sistema, lo subordina todo a las leyes de mercado, y amplia el foso geográfico y social entre opulentos y excluídos. El Estado del Bienestar sólo alcanza a una pequeña parte de la población del Planeta. La ausencia o lo fragmentado de las alternativas es percibido como muestra de la hondura de la crisis. Ante ella, avanzan las posiciones conservadoras y fundamentalistas, en tanto las ideas y praxis renovadoras deben superar ingentes dificultades para abrirse paso. Alrededor de cuarenta conflictos armados arden en el mundo. Pueblos y personas reclaman libertad y justicia, mientras domina un comportamientos insolidario que exalta el individualismo, el éxito, el consumo, la comodidad, el desentenderse de la responsabilidad pública, el refugiarse en el territorio privado, y el "dejar hacer". La Iglesia en la crisis Por parte de la Iglesia, no faltan, en estos tiempos difíciles, espléndidos testimonios individuales y colectivos de fe coherente y comprometida. Pero ella no escapa, a pesar de todo, a una oleada general de incertidumbre e involución. Tras la reconciliación con el mundo y el diálogo con la cultura que abrió el Concilio Vaticano II, la Iglesia aparece ahora, de manera dominante, a la defensiva, ensimismada, alejada, más preocupada por conservar y conservarse que por relacionarse con los demás grupos en pie de igualdad, y distinguirse por su actuación servicial, de colaboración y acogida. Hay una contrarreforma, una afirmación del pensamiento único, un regreso a formas autoritarias, y se implanta un nuevo clericalismo. A pesar de todo Como cristianas y cristianos, como comunidades, también nosotros nos sentimos zarandeados por esta hora; incluso, a veces, negativamente marcados por ella. Hemos hecho, por ello, nuestra propia autocrítica. A partir de ella, reafirmamos nuestra voluntad de no desertar de las responsabilidades que nos conciernen. Y deseamos mostrar públicamente nuestro sentimiento convencido de identidad cristiana y de pertenencia a esta Iglesia que queremos más evangélica, más entregada a la escucha de la palabra de Dios y de la Humanidad, más comprometida y fraterna, más generosa en el reparto de sus bienes, más ilustrada, y más alegre por el gozo de la fe que celebra. No sólo hemos afianzado nuestro sentido de pertenencia a esta comunidad de seguidores de Jesús, sino que reconocemos también el rostro positivo y amable de la Iglesia. Un rostro positivo y amable Ante todo, ella nos ha transmitido y transmite el mensaje de Jesús, el Evangelio, del que no se puede apropiar y que no le pertenece en exclusiva. La Iglesia posibilita la creación de grupos donde se dan la reflexión, el diálogo, la profundización y crecimiento en la fe. Mucha gente, nosotros entre ella, ha hecho en la Iglesia su aprendizaje personalizador, humanizador, crítico y solidario. Existe y se cultiva, en ella, un espacio de gratuidad desinteresada e incondicional, clima imprescindible y propicio para que -es el caso de nuestra Diócesis- fragüen grupos que trabajan como pocos en el medio juvenil y en otras áreas que demandan atención. Algunos pensadores cristianos lúcidos iluminan los graves problemas de esta sociedad, hacen inteligible una fe puesta al día, proponen orientaciones para hacerla fecunda en constante diálogo con el mundo de hoy. Aquí, en concreto, hacen aportaciones eficaces a la superación del conflicto que padecemos. Muchos cristianos, motivados por el Evangelio y la exigencia de su comunidad, se organizan en grupos no confesionales para la transformación y mejora social, para la acción por la paz y la justicia. Hay que destacar el trabajo de animación y la pobreza con que vive la mayor parte del clero. Algunos ejemplos de vida radical y comprometida cuestionan los valores y modos de vida de un mundo y un sistema injustos, y adquieren el relieve de testimonios evangelizadores. Es un hecho que, en medio de múltiples y aun graves infidelidades, la Iglesia atiende a los pobres, débiles, enfermos, terminales y marginales. Aquí y en todo el mundo. Los misioneros, Cáritas, y los cristianos que se afanan en ONGs, voluntariados o comités, presentan el rostro más amable de la Iglesia. La hacen, de hecho, respetable, confiable y creíble, con notable poder de convocatoria para causas humanas, nobles y justas. Una vivencia tensa y dolorosa Pero nuestra vivencia cristiana en esta Iglesia es también tensa y dolorosa. Aun reconociendo el esfuerzo de honestidad y generosidad de muchos cristianos, agentes de pastoral, y responsables eclesiásticos, observamos una serie de problemas que tienen que ver con la misión misma de la Iglesia, con la dignidad y derechos de todos sus miembros, con su manera de estar presente en la sociedad, y con el modo de organizarse y estructurarse internamente. Algunos signos de inquietud y preocupación - En lo que concierne a la misión Creemos que la Iglesia se desvía, con frecuencia, de su objetivo. Este no debe ser ella misma, o su supervivencia, sino el Reino de Dios. Su objetivo debe ser la persona. Su presencia al lado de los débiles y marginados, eso es lo que le da credibilidad. - En lo que atañe a la estructura, organización y funcionamiento La Iglesia, como institución, aparece vertical, autoritaria, clerical, masculinizada. ¿Qué impide un ejercicio democrático de la autoridad? A menudo las personas, muchas veces con largos años de probada entrega, cuentan menos que la estructura y la organización, y resulta difícil ver que la autoridad se ejerce como servicio. La mujer está marginada y su actividad relegada a servicios de segunda categoría. El colmo es que se le pongan trabas para estudiar teología. Existen, de hecho, categorías en la Iglesia. La jerarquía llama a la participación a los laicos, pero en realidad los infantiliza, no existe una verdadera corresponsabilidad. Los dictámenes de los Consejos de Pastoral no tienen carácter vinculante, ni se tiene en cuenta a los mismos para los nombramientos. Tampoco se escuchan opiniones diversas de la comunidad cristiana antes de hacer algunos pronunciamientos importantes que monopolizan la voz toda de la Iglesia. Es duro constatar que la misam Sociedad Civil, aun estando tan fragmentada y falta de diálogo, gana a menudo en humanidad y participación a la Iglesia: un grupo de personas que tienen por Constitución el Evangelio y por Ley Unica el Amor, no el Derecho Canónico. Grupos fundamentalistas actúan como comisarios de una disciplina uniformista y ultraconservadora asfixiante, mientras que son removidas de sus cargos docentes o pastorales personas de talante progresista y evangélico. - En lo relativo al modo de presencia La institución y las autoridades parecen tener dificultades para aclimitarse a vivir en un Estado laico, que no laicista, y aconfesional. Es grave la pretensión de imponer normas y valores no sólo a los católicos convencios, sino a toda la sociedad. Creemos que en las aulas debe enseñarse la cultura religiosa, pero el lugar idóneo para la enseñanza de la religión y para la catequesis es la comunidad cristiana. Y, en las relaciones laborales con quienes trabajan para la diócesis, la Iglesia debe ser modelo en el cumplimiento de sus obligaciones y asumir, sin paternalismos ni evasiones, la función empresarial que le corresponde. Siguiendo el comportamiento de Jesús, debe ser fraterna, cercana y acogedora con las personas desempleadas, inmigrantes, encarceladas, insumisas, con las homosexuales y divorciadas; así como con los religiosos y religiosas exclaustrados y los sacerdotes secularizados. Con amor y respeto Con respeto profundo a las personas, afán de colaboración y unidad, hacemos públicas estas reflexiones. Reconocemos nuestros propios errores y deficiencias como ciudadanos y cristianos. Ofrecemos el espacio de nuestras comunidades. Renovamos nuestro compromiso. Y expresamos nuestra solidaridad y cercanía a quienes trabajan por la justicia en la lucha contra toda forma de exclusión, en favor de los derechos humanos y de la paz en nuestro pueblo. Nos gustaría que se viera este escrito como una carta de amor a la Iglesia y al pueblo a los que pertenecemos. Con el deseo de que el encuentro y diálogo entre ambos sea cada día más decidido, intenso, respetuoso, fecundo y recíprocamente enriquecedor. Pamplona, Euskal Herria, junio de 1997
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