Que la Iglesia se abra a Cuba y que Cuba se abra a la IglesiaJosé María Vigil
Demasiadas cosas todavía cerradas... Pasando por esta Isla, siente uno que todavía hay demasiadas cosas cerradas en Cuba, en la Iglesia de Cuba, y en la Iglesia universal respecto a Cuba: recuerdos, historia, interpretaciones, actitudes, sentimientos, descalificaciones, condenas... Las heridas sí, están abiertas, y al acecho. Todavía hay demasiados cristianos cerrados a Cuba y a su Revolución: cristianos para los cuales estos cuarenta años han sido sólo de ateísmo, de persecución de la fe, de desaparición de la Iglesia, de un régimen intrínsecamente perverso; no ha habido nada positivo en la revolución. Todavía hay muchos cristianos -a todos los niveles- que hablan de las primeras décadas de la revolución como de tiempos en los que la fe hubiese quedado reducida a su mínima expresión: a las prácticas devocionales de catacumbas. Fuera de eso no habría habido nada evangélicamente significativo en Cuba. Y hablan ahora de estos últimos tiempos -y de la visita del Papa- como de la gran esperanza: "recuperar de espacios (¿o poder?) para la Iglesia"... Todavía hay muchos revolucionarios para quienes la Iglesia sigue siendo opio del pueblo, sólo burguesía ideológica, irremediablemente contrarrevolucionaria, necesariamente aliada del enemigo, inevitablemente neoliberal vergonzante. Pero no todo está cerrado: también hay cristianos y hay revolucionarios (perteneciendo a veces simultáneamente a uno y otro lado de la frontera) que han abierto el diálogo con su vida y cargan en el corazón ese pesado fardo de reconciliación inacabada y con frecuencia incomprendida... Abrirse mutuamente... ¿Qué es "abrirse" mutuamente? ¿Qué es
reconciliarse? ¿Se puede abrir el corazón al enemigo
satanizado, a aquel de quien todavía guardamos una herida en
el corazón? ¿Se puede vivir permanentemente heridos? Es hora de reconocer generosamente las propias culpas: -La Revolución acorraló a la Iglesia, le confiscó espacios y libertades y confinó a muchos cristianos a una segunda categoría nacional; pero fue su forma de defenderse de cierta alianza eclesiástica con la dictadura y hasta con los invasores. A su vez la Iglesia satanizó a la Revolución como dictadura y ateísmo, pero fue su forma de defenderse de su acoso y despojo. Si la Iglesia acusó de atea a la Revolución, ésta pudo acusar de idólatra a la Iglesia de Batista... Si con ocasión de la visita del Papa, en sus respectivos discursos, él y Fidel hubieran confesado los pecados en vez de los méritos de la Iglesia y de la Revolución, respectivamente, si hubiéramos escuchado una humilde confesión bilateral de los malentendidos sufridos y de las propias culpas históricas, y si, como ellos, hicieran lo mismo muchos cristianos y muchos revolucionarios, estaríamos cada vez más cerca de esa apertura mutua, de esa reconciliación que aparece tan lejana, casi utópica. Mientras no se reconozca las culpas, no se puede recibir el perdón y se hace imposible la reconciliación. Y es hora también de reconocer al otro: -La Revolución hizo algo en la historia de Cuba, no fue simplemente una página vacía de la historia de este país y de esta Nuestra América; e hizo algo cristianamente significativo, relevante en la Historia de la Salvación; no fue un simple "fenómeno" político del que los creyentes puedan desentenderse; y es preciso reconocerlo. Por su parte, la Iglesia tiene en su haber un innegable capital de servicio al pueblo, una capacidad (y un deber) indiscutible de ser fermento de liberación, y atiende unas necesidades humanas profundas, irrenunciables como las materiales; y es preciso reconocerlo. Sólo cuando se reconozcan mutuamente los méritos ajenos habrá reconciliación; mientras, permanecerán abiertas... las heridas, y cerrados los corazones. A esta alturas de la historia deberíamos dejar la guerra fría -de ambos lados-. Después de tantos distanciamientos mutuos, es hora de bajar las "armas", y, atendiendo a la advertencia de Jesús, no volver a arrojar ninguna primera piedra, porque nadie está sin pecado. Con la mejor teología... Quizá las incomprensiones del pasado fueron en algún sentido inevitables... La Iglesia cubana quedó en buena parte estrangulada en las vísperas mismas del Vaticano II; permaneció casi al margen de la renovación conciliar y posconciliar; nos contaban siempre de esa época que los libros de teología entraban en la Isla con cuentagotas, que las bibliotecas religiosas se paralizaron en los sesenta... Paradójicamente, la Iglesia cubana quedó aislada también del benéfico influjo que podrían haberle hecho Medellín y Puebla... Y una Iglesia así no estaba en su mejor capacidad para dialogar con una Revolución atea de aquellos tiempos. Por su parte, la Revolución cubana era la primera del Continente, y no conoció otra Iglesia que la de Batista; no podía siquiera imaginar una Iglesia que fuese realmente una Buena Noticia (también histórica y materialmente) para los pobres, puesta de su lado, apoyando inequívocamente su Causa contra los que siempre los explotaron... Varias décadas después las cosas han evolucionado mucho, en el mundo y en este Continente, y Cuba ya no es ni puede ser la misma isla de antaño. El modelo de Iglesia a construir en la acción pastoral no debe ser (ni siquiera inconscientemente) un modelo de cristiandad, una Iglesia que añore "espacios" de poder para ella, como para constituirse en sociedad completa autosuficiente paralela (la "sociedad perfecta" eclesiocéntrica en la que permanecen aún tantos eclesiásticos sin saberlo). Todavía algunos cristianos cubanos miran atrás con nostalgia y sin rubor a las décadas de "máximo esplendor y cubanía" de la Iglesia de Batista... A estas alturas deben estar claras -¡en tantas partes no lo están!- las relaciones correctas entre Reino, Iglesia y Mundo: un Mundo en el que se enfrentan el Reino y el antiReino; una Iglesia -la de Jesús- que no coincide adecuadamente ni con el Mundo ni con el Reino y que se debe enteramente al servicio de éste, no al servicio de sí misma; y un Reino que no es un concepto-comodín para nombrar elegantemente un contenido religioso vago, sino que tiene unos precisos contornos en Palabra de Dios y en la propuesta de Jesús: su Causa misma, que es "Vida, Verdad, Justicia, Paz, Gracia, Amor", "Buena Noticia para los pobres", verdadera Revolución Mayor, proyecto de Dios, utopía que nos encomendó construir comunitariamente en la Historia. Este núcleo teológico central, adecuadamente clarificado y discernido, podría disolver por sí mismo muchas de las posturas que hoy bloquean la salida histórica al conflicto. Hoy estamos en mejor capacidad para dialogar con las religiones, para colaborar macroecuménicamente con otros creyentes y hasta con los que se consideran no creyentes en la construcción del Reino, sin orgullos ni egoísmos, sin "barrer para adentro", con la generosidad de quien ha venido a servir y no a ser servido. Una Iglesia que se centrara en sí misma, que olvidara la pasión por el Reino que la debe caracterizar, o que se confundiera de hecho a sí misma con él, podría correr bien, pero lo estaría haciendo fuera de camino... El viejo conflicto histórico entre Iglesia y Revolución habrá que enjuiciarlo y resolverlo "con la mejor teología", no con simples clichés sociopastorales que pudieran esconder inconscientemente esquemas ya superados de eclesiocentrismo o de cristiandad. Comprender al menos el socialismo ideal La Iglesia deberá además resituar en nuevas coordenadas su diálogo con el socialismo: ya corrió mucha tinta al respecto en la Europa de los tiempos conciliares, mucha también después en América Latina, y también después -aunque menos- tras la caída del muro de Berlín. Aunque los vientos mundiales soplen actualmente a favor de una victoria fáctica temporal del neoliberalismo, la Iglesia de Cuba, no va a olvidar toda esa experiencia histórica. Más aún: echando una mirada a la riqueza y la pobreza del Continente y de todo el tercer mundo, va a poder hacer una contribución peculiar y muy significativa a ese diálogo estrangulado en el mundo actual: así al menos lo esperamos de ella aún muchos, ardientemente. Con frecuencia los cristianos de los países socialistas han sido los mayores debeladores contra el socialismo (como los ciudadanos de los países tradicionalmente cristianos son con frecuencia los más increyentes). El socialismo real decepciona (como el capitalismo real y como el cristianismo real). Pero superada esa contradicción con una perspectiva más honda, la Iglesia cubana estaría en las mejores condiciones para comprender al menos al "socialismo ideal". Una Iglesia que no reconociera los ideales de la revolución ni sus "conquistas" -sí-, no podría pedir comprensión para su propio cristianismo real, y continuaría haciendo imposible la reconciliación. Una Iglesia -en Cuba o en el mundo- que considerara al socialismo como intrínsecamente malo -aunque le reconociera posibles buenas intenciones-, y asumiera a la vez como fundamentalmente bueno al capitalismo -aunque le reprochase algunos efectos secundarios negativos- sería una Iglesia escorada hacia el lado equivocado, sin la evangélica opción por los pobres, con opción de hecho por los poderosos, que no podría abrirse a Cuba, y que justificaría que la Cuba militante se defendiera contra esa postura claramente ideológica. Primero abrirse los cristianos Con frecuencia una enemistad no se rompe por falta de alguien que dé "el primer paso"; se espera que sea el otro quien "mueva la ficha". En realidad, cuando la historia es larga, cada día hay que volver a dar primeros pasos, sin esperar a que el otro mueva también sus fichas. Como cristiano -y sin querer minusvalorar los valores éticos ajenos- quiero pensar que los cristianos tendrían siempre motivos "adicionales" para dar esos pasos primeros o nuevos hacia la reconciliación, pues no en vano afirman -afirmamos- haber recibido de Jesús ese ministerio. En este sentido, la Iglesia está llamada a adelantarse continuamente a dar la mano con generosidad, para que la Cuba más oficial también se abra a la Iglesia, recordando que sólo el amor abre los corazones. Abrirse también pastoralmente al ateísmo Una Iglesia que estuviera como al acecho de ese sector del 80% (?) de la población cubana que se considera (o es considerado) ateo, para ir "a convertirlo", a implantarse a sí misma... no sería una Iglesia misioneramente dialogante, a la altura de los tiempos. El objetivo de la Iglesia no es ella misma, sino el Reino: descubrirlo, hacerlo descubrir allí donde ya está, secundarlo, colaborar con él, fortalecerlo... y también (en el orden posterior del "conocimiento del Reino") conocerlo, reflexionarlo y celebrarlo. Construir Iglesia sin hacerlo sobre el fundamental reconocimiento del Reino ya existente en un determinado colectivo humano -pueblo, cultura, religión... ¡o socialismo "ateo"!- sería hoy un despropósito teológico y evangélico. Ya hemos avasallado demasiadas culturas y religiones en la historia y en este Continente; no avasallemos otro más por creerlo vacío de religión o de Reino... Al ateísmo habrá de llevársele la Buena Noticia de la preeminencia amor de Dios por encima de las fronteras religiosas, la Buena Noticia de su presencia secreta allí donde no es conocido o es incluso negado; la predilección del Dios de la Vida por todos aquellos que lo buscan sinceramente y rechazan los ídolos y los sucedáneos del Dios cristiano; y su opción también por todos los que buscan apasionada y radicalmente la justicia, la fraternidad, la soberanía, la autoctonía, el antiimperialismo, la fraternidad de los pueblos, el protagonismo de los pobres... Hay ateísmos de increencia, de indiferencia... y hay ateísmos militantes, por reflexión crítica, por convicción filosófica. Un ateísmo "de calidad" tiene, existencialmente hablando, la estructura antropológica misma del fenómeno religioso: tiene una Causa Mayor, un "dios" en el sentido de Orígenes: "Dios es aquello que un ser humano pone por encima de todo lo demás". Dialogar con ese ateísmo, aprender de su rechazo a los ídolos y a la idolatría, reconocer su culto "en espíritu y en verdad" a valores que lo hacen "no estar lejos del Reino de Dios", son tareas de verdadero "diálogo de religiones" previas a cualquier implantación de la Iglesia, y sin las cuales esa implantación se convertiría en proselitismo indigno de la evangelización. La parábola del hijo pródigo nos haría un flaco servicio si, con un evidente calco hermenéutico, la aplicáramos identificando la casa del Padre con la Iglesia... El conflicto cubano entre la Revolución "atea" y el Cristianismo que legitimaba la dictadura capitalista batistiana, podría esquematizarse como el conflicto entre los que lucharon por un Reino sin Dios y los que se quedaron con un Dios sin Reino. Sólo cuando unos y otros de alguna manera se encuentren con el Dios del Reino y con el Reino de Dios, sólo cuando unos y otros se vuelvan hacia el Reino (la verdadera "casa del Padre") podrán descubrir liberadora y humildemente la Verdad plena. Los muchos cristianos y revolucionarios que están actualmente en este camino, fuera ya de aquellos extremos, pueden ayudar mucho a realizar la reconciliación en Cuba; en realidad son ellos quienes la tienen ya en sus manos y en sus corazones. Reconciliación en el Dios de la justicia La reconciliación, en todo caso, no es un simple "término medio", un in medio virtus: el Evangelio sigue siendo el de siempre, y la opción de Dios por los pobres y por la justicia sigue siendo radical, sin componendas. Teológicamente no es posible una negociación; la reconciliación cristiana sigue estando siempre y totalmente del lado de los pequeños, y contra los que los escandalizan. Por otra parte, también es verdad que con la caída del muro de Berlín el mundo no ha cambiado tanto: el milenario conflicto entre justicia y libertad está más agudo que nunca, ya que hoy ha triunfado en el mundo una "libertad" omnímoda que encadena a grandes mayorías a una injusticia global. No hay que dejarse llevar de las apariencias que aconsejan no plantearse ya las grandes cuestiones, como si fueran propias de tiempos pasados. El conflicto no fue nunca entre Iglesia y Revolución, sino entre Revolución y contrarrevolución, entre capitalismo y socialismo. Hoy el conflicto tampoco es realmente entre fe y Revolución (la Revolución dejó oficialmente su confesionalidad de ateísmo y se lleva muy bien con obispos, comunidades cristianas de ciertas líneas), sino entre los dos proyectos políticos de siempre, que perpetúan la histórica lucha de dos dioses: el dios mercado -que da la libertad a los que pueden tomársela-, y el Dios de la justicia de los excluidos, que todavía intenta encontrar su mediación adecuada en esta noche oscura de los pobres. No es posible cualquier reconciliación, porque entre Dioses e ídolos no hay negociación. Los cristianos consecuentes, tanto como los revolucionarios convencidos, no pueden hacer el juego al enemigo de ambos, el enemigo de los pobres. Ya ha "combatido" la Iglesia la causa de los pobres demasiadas veces en la historia y en las décadas últimas. Que no se utilice la reconciliación en Cuba como caballo de Troya al servicio del neoliberalismo. La reconciliación ha de ser en la Verdad, en la opción radical por la justicia social, la fraternidad solidaria, la defensa de los pequeños, sin concesiones al "mercado total" (al ateísmo o idolatría del "dios mercado"). Que la Iglesia y la Sociedad entren -en Cuba y en el mundo- a un milenio que sea nuevo de verdad, que supere la lacra milenaria de la explotación del ser humano por el ser humano... Un Jubileo es un tiempo inmejorable para el reconocimiento de las propias culpas, el acercamiento a los que hemos condenado durante demasiado tiempo, el anuncio de la Buena Noticia de que Dios nunca condena a quienes rechazan los ídolos, porque "no tiene acepción de personas, y ama a todos los que buscan la justicia, sean de la nación (o religión) que sean". Que Cuba se abra al mundo, que el mundo se abra a Cuba, pero también, que la Iglesia se abra a Cuba, y que Cuba se abra a la Iglesia.
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