Estados Unidos: una democracia en ventaJames PETRASEn los medios de comunicación mundiales se habla de tres temas principales sobre Estados Unidos: el milagro económico, las elecciones a la presidencia y los 1.300 millones de dólares de ayuda militar a Colombia. En todos ellos, el tratamiento periodístico contiene gran cantidad de información incorrecta sobre la economía y la política estadounidenses. Por ejemplo, la mayoría de los medios explica esta década de crecimiento económico de EEUU en función de la revolución informativa y la informática. Sin embargo, Japón lleva 10 años estancado a pesar de haber robotizado su industria y haber aplicado la misma tecnología, que en Europa sólo ha significado un crecimiento igualmente lento. El oscuro secreto del milagro económico de EEUU no se encuentra en la alta tecnología, sino en el control absoluto de los trabajadores en toda la red laboral. Alan Greenspan, director general del Banco Central estadounidense lo dejó bien claro en julio cuando declaró que su gran ventaja sobre Europa y Japón consiste en que las empresas estadounidenses tienen mayor libertad para contratar y despedir a los trabajadores. Las empresas de EEUU no sólo despiden con más facilidad que las europeas, sino que el despido es mucho más barato: pagan indemnizaciones mínimas o ninguna en absoluto. Según Greenspan, «la falta de rigidez laboral es el secreto del milagro estadounidense». Pero la «rigidez laboral» de Europa significa que los trabajadores disponen de cuatro a seis semanas de vacaciones, en lugar de una o dos semanas, como en EEUU; significa que se pagan impuestos más altos que permiten financiar los sistemas de pensiones, la asistencia sanitaria y una semana laboral más corta para todos los trabajadores. En otras palabras, el secreto del milagro económico estadounidense es la potestad del capital para despedir a los trabajadores a su antojo, para obligar a los trabajadores estadounidenses a trabajar un 30% más que los europeos y para condenarlos a unos servicios sanitarios mínimos o inexistentes. Por tanto, las nuevas tecnologías no aumentan directamente la productividad. Bien al contrario, es el aumento de la explotación de los trabajadores estadounidenses el que permite la introducción de las nuevas tecnologías para beneficio del capital. Mientras los trabajadores europeos disfrutan en la actualidad de más tiempo libre que hace 20 años, en EEUU sucede exactamente lo contrario: se trabaja un 20% más y se dispone de menos pensiones y servicios sanitarios. El milagro económico estadounidense sólo es un eufemismo para referirse a un aumento de la explotación. Aunque los empresarios europeos sientan envidia de sus homólogos de EEUU, es comprensible que los trabajadores europeos observen con escepticismo las virtudes del milagro estadounidense. Si la experiencia económica de EEUU resulta poco loable, cabría decir otro tanto del proceso de selección del presidente. En las recientes convenciones de los partidos, destinadas a presentar a sus respectivos candidatos, las grandes empresas financiaban impresionantes fiestas donde corría el champán y acompañantes altamente especializadas entretenían a los delegados influyentes. Los periodistas que intentaron entrar a sacar fotografías de los festejos fueron expulsados sin demasiados miramientos. A fin de cuentas, los congresistas no querían que los fotografiaran divirtiéndose con ricos empresarios, ya que esto podría empañar su imagen de representantes del pueblo. Diez de las multinacionales más importantes de EEUU donaron un millón de dólares a cada uno de los dos candidatos más importantes, a sabiendas de que Bush y Gore olvidarán las promesas que han hecho a los votantes un día después de que se haya efectuado el recuento. Las elecciones de EEUU son las más hipócritas y burdamente mercantilistas de todos los países capitalistas avanzados. Tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata proclaman su apoyo a la «reforma de la financiación de las campañas» y tanto los unos como los otros solicitan decenas de millones de dólares a las grandes empresas que los patrocinan. Las campañas electorales incluyen fiestas de 100.000 dólares por cubierto para financiar campañas publicitarias en televisión donde los políticos sonrientes repiten consignas vacías. Y los candidatos más importantes están profundamente comprometidos con los intereses de grandes empresas: Bush, con Texas Oil; Gore, con Wall Street; Cheney, con el complejo militar industrial que dirige; y Lieberman, con las grandes empresas de seguros. Las apelaciones a los votantes y la retórica pública de los candidatos están financiadas por grandes empresas, de intereses diametralmente opuestos a los de la ciudadanía. Las expresiones como «mercado libre» y «flexibilidad laboral» sólo significan más horas de trabajo y más inseguridad laboral, lo que implica una reducción del tiempo libre y el debilitamiento de los valores familiares. Lo que más llama la atención en estas elecciones es el grado de control que ejercen las grandes empresas sobre todo el proceso político, desde la selección de candidatos hasta la campaña electoral y los programas. En EEUU, la democracia se vende al mejor postor. Pero el dominio que ostentan las grandes empresas sobre el mercado laboral y el proceso electoral en Estados Unidos tiene un propósito: la expansión por los países extranjeros y el control de los mercados y las oportunidades de inversión. Por ejemplo, la expansión financiera de EEUU en América Latina acarrea graves conflictos porque las concesiones políticas que exigen las multinacionales estadounidenses socavan con frecuencia el nivel de vida y provocan la resistencia popular. Colombia es un caso clásico de dominación económica de Estados Unidos y resistencia popular. Durante más de 30 años, las empresas plataneras, los bancos y las petroleras estadounidenses han explotado los recursos de Colombia y su fuerza laboral con la protección del ejército colombiano. En la actualidad hay dos grandes grupos guerrilleros, con más de 20.000 combatientes y un creciente apoyo popular. Pues bien, en respuesta, Estados Unidos ha aumentado su ayuda militar de los 60 millones de dólares de 1997 a los 300 del 2000, y el presupuesto ascenderá a 1.500 millones en el 2001. Los expertos en política internacional de Washington calculan que la estrategia provocará 50.000 muertos (la mayoría, civiles) y más de un millón de campesinos desplazados cuando se encuentre en pleno funcionamiento. De hecho, la visita de Clinton a Cartagena de Indias tiene como finalidad apoyar al régimen de Andrés Pastrana (cuya popularidad es inferior al 20%) y afirmar ante el mundo que Colombia sigue siendo una democracia que merece apoyo. Pero dos semanas antes de la visita de Clinton, el Ejército colombiano ha asesinado a seis niños y ha complicado bastante el trabajo de Clinton. En realidad, Colombia es una democracia de escuadrones de la muerte y la ayuda militar de Estados Unidos no tiene más objetivo que destruir la resistencia popular para aumentar y ampliar los intereses de EEUU allí, proyecto que cuenta con el apoyo de los dos candidatos. Tras el canto de los grandes medios a las elecciones de EEUU, a su milagro económico y a la democracia en América Latina, se esconde otra realidad: el despotismo económico en el mercado laboral, la corrupción empresarial del proceso electoral y el apoyo a democracias de escuadrones de la muerte de todo el planeta. Ciertamente, no es un punto de referencia muy atractivo para Europa. JAMES PETRAS
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