Que la alegría del Jubileo llegue a los marginados de la IglesiaCarta abierta de un grupo de sacerdotes casados y sus esposas a Juan Pablo IISantidad: Somos un grupo de sacerdotes casados y esposas que, junto con nuestros hijos e hijas, nos reunimos periódicamente, con la convicción de que somos Iglesia, para reflexionar sobre la realidad social y religiosa que afecta nuestras vidas y la vida de millones de personas en nuestros países empobrecidos y marginados y así colaborar en la construcción del Reino de Dios y de una sociedad más justa y fraterna. En la Palabra de Dios buscamos motivos de esperanza para seguir caminando y la luz que ilumine nuestros pasos para avanzar "en medio de tinieblas, sin miedo a caer" (Salmo 23). Hemos seguido con interés todo el proceso del Año Jubilar, desde su proclamación, pasando por los tres años de preparación, hasta el momento de su celebración actual. Hemos visto con agrado y satisfacción algunos gestos proféticos que su Santidad ha realizado, como signos de las transformaciones profundas que nos demanda el Año Santo Jubilar, en los umbrales del Tercer Milenio del Nacimiento de Jesús. Queremos mencionar algunos de los que nos parecen más significativos: - Pedir perdón a los judíos por la represión que sufrieron de parte de la Iglesia durante estos dos mil años. - Pedir perdón a las víctimas de la intolerancia y de la represión que ejerció la Iglesia contra los que pensaban diferente, por ejemplo, en tiempos de la Inquisición. - Buscar la reconciliación con otras confesiones cristianas y con otras religiones, reconociendo la culpa de la Iglesia en tantos conflictos y guerras religiosas, que ensangrentaron la historia de la humanidad en estos dos mil años. - Asumir un firme compromiso a favor de la condonación de la deuda externa a los países más pobres de la tierra. Desde nuestro contexto latinoamericano, lamentamos la ausencia de una condena explícita de la violencia física y cultural que ejerció la Iglesia, de la mano con las Coronas Española y Portuguesa, contra los pueblos indígenas y negros, durante la invasión y colonización de América. Sin embargo, los gestos expresados son dignos de mención. Expresan el deseo de un cambio y de una conversión social muy en consonancia con el espíritu jubilar. La Historia se los reconocerá. Seguramente podríamos mencionar algunos más. Pero nuestra percepción es que se refieren fundamentalmente a hechos del pasado y/o a personas que están fuera de la Iglesia. Son gestos hacia fuera. Pensamos que el Jubileo debe orientarse sobre todo hacia los problemas del presente y del futuro de la humanidad, principalmente de las personas que estamos dentro de la misma Iglesia. Al igual que el Jubileo Bíblico buscaba introducir medidas correctoras, para retomar el proyecto original del Pueblo de Dios, así el Jubileo actual nos debe llevar a una revisión de las estructuras, leyes y costumbres de la Iglesia, para retomar el espíritu del Evangelio y de la práctica de Jesús. Es el "kairós", la gran oportunidad, para realizar una liberación profunda de todas las injusticias, opresiones y esclavitudes que se fueron incrustando al interior de la Iglesia, en estos dos mil años de encarnación del Evangelio en la Historia de diferentes pueblos y culturas. Mencionaremos algunos casos, como ejemplos de otros muchos que se podrían señalar: - Es el momento de romper con una centralización verticalista, que contradice la práctica de las Primeras Comunidades Cristianas y las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la Colegialidad y el Pueblo de Dios. Las Conferencias Episcopales y las iglesias locales del mundo entero sentirán que se les está haciendo justicia. - Es el momento oportuno para que se promueva una Iglesia Autóctona, reconociendo y respetando las milenarias culturas y creencias de los pueblos indígenas, negros y garífunas, que secularmente han sido desvalorizadas y satanizadas. Así estos pueblos marginados podremos sentir la liberación de Dios que "no hace diferencia entre las personas, sino que acepta a todo el que lo honra y obra justamente, sea de la nación que sea" (Hec. 10, 34-35). - Es la hora de concretizar la opción preferencial por los pobres, reestructurando las Instituciones y el funcionamiento de la Iglesia, para que pueda servir del mejor modo posible a las mayorías empobrecidas del tercer mundo. Este será el gran signo de la Nueva Evangelización y hará sentir a los pobres la alegría de ser los "preferidos en el Reino de Dios". - Es la ocasión propicia para reconocer la igual dignidad de la mujer y el hombre dentro de la Iglesia, eliminando todas las leyes que discriminan a la mujer y le niegan el derecho "de enseñar, regir y santificar", actualmente monopolio exclusivo de los varones. Así las mujeres cristianas nos sentiremos liberadas de la secular marginación religiosa y podremos asumir nuestra plena responsabilidad en la misión de la Iglesia, como verdaderas discípulas de Jesús. - Es la oportunidad para poner en práctica la enseñanza del Vaticano II sobre el papel de los laicos y laicas en la sociedad y en la Iglesia, terminando con una práctica pastoral y una legislación canónica, que prácticamente sólo nos han tomado en cuenta para obedecer y ofrendar. Así nos daremos cuenta de que estamos pasando de ser objetos de la acción eclesial a ser sujetos de la Iglesia Pueblo de Dios. - Es un momento propicio para revisar la moral sexual y familiar en puntos como la planificación familiar, los anticonceptivos, el divorcio, la masturbación, la homosexualidad, etc. Así podremos vivir una moral más positiva y humana, que nos oriente y responda mejor a las realidades actuales. - Es el tiempo preciso para terminar con la Ley del Celibato obligatorio, que excluye del Ministerio sacerdotal a miles de personas que desean vivir su sacerdocio en el seno de una familia, tal como lo recomienda el mismo San Pablo en 1 Tim 3, 2-4: "El obispo debe ser marido de una sola mujer... Un hombre que sepa dirigir su propia casa y cuyos hijos le obedecen y respetan. Pues, si no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo dirigiría la familia de Dios?". De esta manera estaremos liberando a muchos sacerdotes de tener que abandonar el ministerio o verse forzados a llevar una doble vida, liberando a la vez a sus compañeras, principales víctimas de esta situación. - Es la hora de Dios para reivindicar a los miles de sacerdotes "reducidos" al estado laical, por querer vivir conforme a las recomendaciones de San Pablo, que hemos visto en el punto anterior. Se nos niegan los derechos comunes a cualquier cristiano y se hace caer sobre nosotros una culpabilidad tan grande, que nos hace sentir como los leprosos, los "sidosos" dentro de la Iglesia. En nombre de Jesús, que proclamó el Año de la Gracia, y en nombre del Jubileo Santo, reclamamos el derecho a no ser marginados y a poder colaborar en la construcción de una Iglesia toda ella ministerial, donde se viva la justicia, la igualdad y la fraternidad; donde "no hay diferencia entre judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres" (Gal.3,28). Hermano Juan Pablo II: Si el Jubileo tiene una palabra de salvación para estas situaciones humanas, podremos decir que "el Reino de Dios se está acercando a nosotros" y el júbilo de la liberación habrá sonado para millones de cristianos, que esperamos con ansiedad el Año de la Gracia de nuestro Dios.
Guatemala,
15 de septiembre del 2000,
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